viernes, 19 de febrero de 2010

Joyce.

Pequeño de menos de metro y medio catorce quince años tal vez. Alumno de 3° de secundaria y candidato a cursar el bachillerato ante la COMIPEMS. Va a realizar su registro y debe entregar el proyecto de Español, pues la maestra lo ha hecho responsable.

La clase está por acabar, la maestra revisa a los últimos alumnos y su equipo ya ha entregado... sin su parte. Entra corriendo, sin uniforme, le extiende los papeles de la mano derecha a la maestra y le dice: "sí llegue". Enseguida se suelta a llorar. Como si se le fuera la vida en ello.

Me conmovió mucho. Corrí a los demás menos al grandulón que lo apapachaba con extraordinaria ternura. Qué cuadro. Una vez más me vi rebasada por lo cotidiano.

Me identifiqué con él porque lo logró, porque creyó en él, porque lo hizo. Susceptible, como yo, lloró de satisfacción.

La maestra sólo alcanzó a decirle: "gracias, gracias por tu esfuerzo". La verdad quería agradecerle el momento, la sorpresa, las ganas de vida.

Gracias, Joyce.

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