jueves, 18 de marzo de 2010

Henry James. Otra vueta de tuerca.

Traducción de Sergio Pitol

LA HISTORIA NOS HABÍA MANTENIDO ALREDEDOR DEL FUEGO...

La historia nos había mantenido alrededor del fuego lo suficientemente expectantes, pero fuera del innecesario comentario de que era horripilante, como debía serlo por fuerza todo relato que se narrara en vísperas de navidad en una casa antigua, no recuerdo que produjera comentario alguno aparte del que hizo alguien para poner de relieve que era el único caso que conocía en que la visión la hubiese tenido un niño.

Se trataba, debo mencionarlo, de una aparición que tuvo lugar en una casa tan antigua como aquella en que nos reuníamos: una aparición monstruosa a un niño que dormía en una habitación con su madre, a quien despertó aquél presa del terror; pero al despertarla no se desvaneció su miedo, pues también la madre había tenido la misma visión que atemorizó al niño. Aquella observación provocó una respuesta de Douglas —no de inmediato, sino más tarde, en el curso de la velada—, una respuesta que tuvo las interesantes consecuencias que voy a reseñar. Alguien relató luego una historia, no especialmente brillante, que él, según pude darme cuenta, no escuchó. Eso me hizo sospechar que tenía algo que mostrarnos y que lo único que debíamos hacer era esperar. Y, en efecto, esperamos hasta dos noches después; pero ya en esa misma sesión, antes de despedirnos, nos anticipó algo de lo que tenía en la mente.

—Estoy absolutamente de acuerdo en lo tocante al fantasma del que habla Griffin, o lo que haya sido, el cual, por aparecerse primero al niño, muestra una característica especial. Pero no es el primer caso que conozco en que se involucre a un niño. Si el niño produce el efecto de otra vuelta de tuerca, ¿qué me dirían ustedes de dos niños?

—Por supuesto —exclamó alguien—, diríamos que dos niños significan dos vueltas. Y también diríamos que nos gustaría saber más sobre ellos.

Me parece ver aún a Douglas, de pie ante la chimenea a la que daba en ese momento la espalda y mirando a su interlocutor con las manos en los bolsillos.

—Yo soy el único que conoce la historia. Realmente, es horrible.

Esto, repetido en distintos tonos de voz, tendía a valorar más la cosa, y nuestro amigo, con mucho arte, preparaba ya su triunfo mientras nos recorría con la mirada y puntualizaba:

—Ninguna otra historia que haya oído en mi vida se le aproxima.

—¿En cuanto a horror? —pregunté.

Pareció vacilar; trató de explicar que no se trataba de algo tan sencillo, y que él mismo no sabía cómo calificar aquellos acontecimientos. Se pasó una mano por los ojos e hizo una mueca de estremecimiento.

—Lo único que sé —concluyó— es que se trata de algo espantoso.

—¡Oh, qué delicia! —exclamó una de las mujeres.

Él ni siquiera la advirtió; miró hacia mí, pero como si, en vez de mi persona, viera aquello de lo que hablaba.

—Por todo lo que implica de misterio, de fealdad, de espanto y de dolor.

—Entonces —le dije—, lo que debes hacer es sentarte y comenzar a contárnoslo.

Se volvió nuevamente hacia el fuego, empujó hacia él un leño con la punta del zapato, lo observó por un instante y luego se encaró otra vez con nosotros.

—No puedo comenzar ahora: debo enviar a alguien a la ciudad.

Se alzó un unánime murmullo cuajado de reproches, después del cual, con aire ensimismado, Douglas explicó:

—La historia está escrita. Está guardada en una gaveta; ha estado allí durante años. Puedo escribir a mi sirviente y mandarle la llave para que envíe el paquete tal como lo encuentre.

Parecía dirigirse a mí en especial, como si solicitara mi ayuda para no echarse atrás. Había roto una costra de hielo formada por muchos inviernos, y debía haber tenido razones suficientes para guardar tan largo silencio. Los demás lamentaron el aplazamiento, pero fueron precisamente aquellos escrúpulos de Douglas lo que más me gustó de la velada. Lo apremié para que escribiera por el primer correo a fin de que pudiésemos conocer aquel manuscrito lo antes posible. Le pregunté si la experiencia en cuestión había sido vivida por él. Su respuesta fue inmediata:

—¡Oh no, a Dios gracias!

—Y el manuscrito, ¿es tuyo? ¿Transcribiste tus impresiones?

—No, ésas las llevo aquí —y se palpó el corazón—. Nunca las he perdido.

—Entonces el manuscrito...

—Está escrito con una vieja y desvanecida tinta, con la más bella caligrafía —y se volvió de nuevo hacia el fuego— de una mujer. Murió hace veinte años. Ella me envió esas páginas antes de morir.

Todo el mundo lo estaba escuchando ya en ese momento y, por supuesto, no faltó quien, ante aquellas palabras, hiciera el comentario obligado; pero él pasó por alto la interferencia sin una sonrisa, aunque también sin irritación.

—Era una persona realmente encantadora, a pesar de ser diez años mayor que yo. Fue la institutriz de mi hermana —dijo con voz apagada—. La mujer más agradable que he conocido en ese oficio; merecedora de algo mejor. Fue hace mucho, mucho tiempo, y el episodio al que me refiero había sucedido bastante tiempo atrás. Yo estaba en Trinity, y la encontré en casa al volver en mis segundas vacaciones, en verano. Pasé casi todo el tiempo en casa. Fue un verano magnífico, y en sus horas libres paseábamos y conversábamos en el jardín. Me sorprendieron su inteligencia y encanto. Sí, no sonrían; me gustaba mucho, y aún hoy me satisface pensar que yo también le gustaba. De no haber sido así, ella no me hubiera confiado lo que me contó. Nunca lo había compartido con nadie. Y no sé esto porque ella me lo hubiera dicho, pero estoy seguro de que fue así. Sentía que era así. Ustedes podrán juzgarlo cuando conozcan la historia.

—¿Tan horrible fue aquello?

Siguió mirándome con fijeza.

—Podrás darte cuenta por ti mismo —repitió—, podrás darte cuenta.

Yo también lo miré con fijeza.

—Comprendo —dije—: estaba enamorada.

Rió por primera vez.

—Eres muy perspicaz. Sí, estaba enamorada. Mejor dicho, lo había estado. Eso salió a relucir... No podía contar la historia sin que saliera a relucir. Lo advertí, y ella se dio cuenta de que yo lo había advertido; pero ninguno de los dos volvió a tocar este punto. Recuerdo perfectamente el sitio y el lugar... Un rincón en el prado, la sombra de las grandes hayas y una larga y cálida tarde de verano. No era el escenario ideal para estremecerse; sin embargo, ¡oh...!

Se apartó del fuego y se dejó caer en un sillón.

—¿Recibirás el paquete el jueves por la mañana? —le pregunté.

—Lo más probable es que llegue con el segundo correo.

—Bueno, entonces, después de la cena...

—¿Estarán todos aquí? —preguntó, y nuevamente nos recorrió con la mirada—. ¿Nadie se marcha? —añadió con un tono casi esperanzado.

—¡Nos quedaremos todos!

—¡Yo me quedaré! ¡Y yo también! —gritaron las damas cuya partida había sido ya fijada.

La señora Griffin, sin embargo, mostró su necesidad de saber un poco más:

—¿De quién estaba enamorada?

—La historia nos lo va a aclarar —me sentí obligado a responder.

—¡Oh, no puedo esperar a oír la historia!

—La historia no lo dirá —replicó Douglas— por lo menos, no de un modo explícito y vulgar.

—Pues es una lástima, porque éste es el único modo de que yo pudiera entender algo.

—¿Nos lo dirá usted, Douglas? —preguntó alguien.

Volvió a ponerse de pie.

—Sí... mañana. Ahora debo retirarme a mis habitaciones. Buenas noches.

Y, cogiendo un candelabro, salió dejándonos bastante intrigados. Cuando sus pasos se perdieron en la escalera situada al fondo del salón, la señora Griffin dijo:

—Bueno, podré no saber de quién estaba ella enamorada, pero sí sé de quién lo estaba él.

—Ella era diez años mayor que él —comentó su marido.

—Raison de plus..., a esa edad. Pero no deja de resultar agradable su larga reticencia.

—¡De cuarenta años! —precisó Griffin.

—Con este estallido final.

—El estallido —volví a tomar la palabra— constituirá una apasionante velada la noche del jueves.

Todo el mundo estuvo de acuerdo conmigo, y ante esa perspectiva nos desinteresamos de todo lo demás. La última historia, aunque de modo incompleto y dada apenas como introducción de un largo relato, había sido ya iniciada. Nos despedimos y "acandelabramos", como alguien dijo, y nos retiramos a dormir.

Continuará...

viernes, 12 de marzo de 2010

Orgullo.


Después de la pírrica batalla pensaba: "estarás orgullosa de mí". Eso me sostenía, me animaba y me hacía resistir.

Hoy me has dicho: "estás orgullosa de ti y lo estás porque sabías lo que querías y lo lograste".

Te lo agradezco, y te lo debo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Poesía griega contemporánea.

He de escribir aquí de aquello que solemos hacer los sin talento. Pero sí, dejo constancia de la fuente y de mi empatía de aquello que habla:

ODISEAS ELITIS (Poeta griego (1911-1996) Nobel en 1979.

LOS PEQUEÑOS ÉPSILON (fragmento)
" Las amarguras que el tiempo arroja dentro de mí las sustrae de mis poemas. Me he llenado de arrugas, para permanecer terso ahí donde nadie me recordará. Una rosa que se vuelve poesía te puede destrozar mucho más que un puñetazo que no se vuelve poesía. Millares de palabras se marchitan en los libros rojos, cuando una simple muchacha dispara. Al parecer, incluso para derrocar gobiernos -qué triunfo- se necesita la buena calidad. En la tristeza de la interminable mediocridad que nos ahoga por todos lados, me consuela que en algún lugar, en alguna habitación pequeña, algunos obstinados luchan por eliminar el desgaste. Con pleno conocimiento de que un día este planeta se congelará o se incendiará junto con sus logros. Ellos, otro tipo de héroes, son los que harán quedar bien a la alguna vez humanidad. Extraño: en nombre del humanismo, desde siempre los pueblos han dado dos pasos adelante y los poetas dos pasos atrás. No nos engañemos. No te haces vegetariano comiendo cordero pintado de verde. Que reduzcas un poema a su sentido esencial no tiene ningún sentido. Una cámara fotográfica oculta en la mala poesía nos condena a volver a ver aquello que hemos visto muchas veces -y a no ver aquello que nunca hemos visto. Seguramente la capacidad de observación es un gran defecto para el poeta que, al final, acaba tomando las nubes por nubes. Muchas mentiras esperan en fila para ocupar el lugar de la verdad. Al menos mintamos correctamente. Muchos en la poesía, porque resulta que son feos, proclaman que Dios hizo feo al mundo. Algunos incluso llegan más lejos: porque alguna vez estuvieron en peligro de ahogarse, insisten en que el mar no es azul. No percibes la magia con la interpretación de la magia, mucho menos con la descripción de la interpretación de la magia. O cantas, o callas. No dices: esto que hago es canto. Eso faltaba. Si los pájaros pensaran nos arrojarían piedras -perdón, quise decir excrementos. En nuestros tiempos se admira más al diamante que se vuelve carbón que al carbón que se vuelve diamante. La sensación del fracaso continúa siendo el buen conductor de las emociones en una mayoría a la que, queriéndolo o no, este complejo la domina toda su vida. Joven, recuerda: no te haces esclavo cuando te somete sólo quien tiene el poder -sino también quien lucha en su contra. Olor de los Textos: a madera húmeda en el fuego, o a hojas podridas, o a habitación vacía. Y más: a piedra ardiente en el sol, a establo, a cabello sin lavar de una mujer hermosa. ¡Pobre Guerlain! Cuidado con la emoción. Si es hechicera, no deja de ser embustera. De la misma manera en que a veces una palabra (no necesariamente bonita o rara) se vuelve el pretexto para crear todo un verso, de tal modo que esa palabra pueda encontrar su lugar preciso y resplandezca, ese verso, a su vez, por la misma razón, se vuelve a veces pretexto para crear todo un poema, cuyo contenido, si nació de dos o tres sílabas humildes, como sentido está tan alejado de ellas como un hombre completo del placer de un instante, que se volvió la razón de que existiera. Toda gran música, en el fondo, es un menosprecio de la muerte. Lo Uno y lo Absoluto que concibe nuestra mente es lo mucho y lo relativo de los demás, llevados a la claridad de la unidad. La distancia de la ``nada'' a lo ``mínimo'' es mucho más grande que la de lo ``mínimo'' a lo ``mucho''. Grecia es el país dorado de la Poquedad que inutiliza el valor del número; pero también el país negro de lo Desigual, donde ningún destino se corta a la medida dada del inicio. En la vida, que aciertes a algunas codornices significa: las mataste. En el arte: las resucitaste. El arte, aun cuando se dirige hacia la muerte, la sube; no cae dentro de ella. Y es por eso que cuanto más se agota la vida, tanto más la obra flota con la cabeza de fuera. Sólo que, a veces, algunos no perciben el espejo y se rompen la cara. Si hay algo que teme el artista consciente es que sabe que los cadáveres de las malas obras son peores que los del hombre. Es cómico, pero las palabras que te ayudan a vivir al otro le ayudan a matarte."

Referencia:

Poesía griega moderna. Toledo. Recuperado el 1 de marzo de 2010 de: http://centros5.pntic.mec.es/ies.valdehierro/Enlaces%20y%20recursos%20por%20areas/griego/page5.html